lunes, 12 de octubre de 2009

-Ser.-

Cerró la puerta con llave y se sentó en el colchón.
Su dormitorio era pequeño y de escaso mobiliario: Una armario empotrado, una mesilla con una lámpara de noche, un reloj despertador y una copia de poesías completas de algún autor germánico.
La cama individual estaba tapada por una colcha de color rosa pálido y una silla se situaba contra la pared con un par de camisas dobladas sobre el cojín, junto a una minúscula televisión de color ocre.

Perforando el silencio estático de la diminuta estancia, se oían las agujas del reloj despertador segando los segundos como una guadaña sobre un campo de trigo.

Se sentía. Notaba su yo. Como una viscosidad casi líquida que se escurre entre los dedos mas no puedes apresarla y que deja un pegajoso y maloliente rastro en la mano. Fluía de existencia pesada, de su yo, atrapado en el pecho.
La pura existencia sin placebos ni somníferos. Ese pesado yo, que sientes y piensas, y que se nota como una piedra en el estómago.

Tras reflexionar un rato, llegó a la inevitable conclusión de que ante la imposibilidad de zafarse de ese pensamiento que le llevaba persiguiéndole desde el mediodía, su cabeza, único miembro con dos dedos de frente, se separaría del cuello y se marcharía por la puerta con tal de no seguir escuchando el repiqueteo de ese antojo mental.
Dejando así, un cuerpo decapitado, ataviado con un traje de lino reposando sobre un colchón magullado.

2 comentarios:

Ainara dijo...

No he twnido el honor de leer a Sag(HT!) ni a ningún existencialista de su calaña, así que mi cabeza en su recipiente poco amueblado, sentada sobre un colchón magullado, se levanta ante una bonita metáfora. Me gusta sin el facto filosófico, en resumidas cuentas. Linda forma, anyway.

Zuriñe dijo...

A mí me ha encantado. Podías reaparecer más a menudo David.