miércoles, 30 de julio de 2008

Pájaros en la cabeza


Sergio Bolivar retiró una pluma negra de su oreja y apoyó en la hoja en blanco su bolígrafo bic azul.

“-¡Hagámoslo pues!
-¿El qué?
-Arte.
Todo comenzó con un rasgueo simpático de violín. El gran bigote del músico aleteaba feliz mientras daba a luz a una nueva melodía, rítmica, sensual y cíngara.
-¡Síguela!
Y al violín se unió, confuso al principio, el vozarrón de un chelo.
Tapaban los dos amigos el sonido de la pradera con su son pícaro y desenfadado, haciendo ignorar el sol insistente, el hambre y la infinidad del camino que se perdía hacia delante entre colinas y árboles.
Lo recuerdo tan nítido… era primavera, era Rumanía y era 2003. Fue la primavera de la eclosión. La eclosión de los huevos, por supuesto.
Nunca supe de qué eran, la verdad, y nunca lo sabré. Solo sé que desde entonces estas criaturillas no hacen más que hacerme echar plumas por las orejas cada vez que oigo aquello de “tú no tienes más que pájaros en la cabeza.” ¿Y qué? ¿Lo negué alguna vez acaso?
Ni siquiera aquella vez que compré el minibús o decidí irme de vagabundo por todo el mundo. Nunca después de aquella gira.
Yo, con mi humilde viola, pegado a un violín rumano y a un chelo kazajo mientras íbamos de pueblo en pueblo tocando un par de canciones correctas, cobrando poco y bebiendo mucho.
Entonces fue cuando se nos averió la furgoneta en mitad de una carretera comarcal y el ánimo se nos quedó tan apagado como el motor.
Estuve maldiciendo mi mala fortuna hasta que la voz aguda del rumano entonó un solemne y rimbombante “Hagámoslo pues” y todo empezó.
Con la música comenzaron a eclosionar esos huevos que un día mi hermano mayor dejase en mi cabeza por la oreja, como una broma, pero que yo siempre supe que seguían ahí. Y como siempre supe que seguían ahí tuve mucho cuidado de no golpearme la cabeza con fuerza o hacer movimientos muy bruscos. Huevos bien, pero tortilla, no señor. Siempre odié la tortilla.
Como iba contando, los huevos eclosionaron gracias a la calidez del arte y, aun condenándome a echar plumas y desperdicios varios por las orejas desde aquella fecha, me cantan en los amaneceres y los anocheceres y me mantienen despierto con su continuo jolgorio de pajarillos.
Aparte, son fáciles de contentar. Se conforman con un par de libros de poesía al año y música variada.
¿Y por qué recordar todo esto ahora? Pues porque presiento que dentro de poco querrán echar a volar…”

Sergio Bolivar dejó el bolígrafo, y, cansado de la vida y de su espalda a sus 98 años de edad, se echó a dormir.
Eran las doce de la noche cuando de su boca salieron tres hermosas golondrinas negras que escaparon por la ventana.
Cuando le intentaron despertar al día siguiente, el alma Sergio Bolivar había echado a volar.