domingo, 22 de agosto de 2010

El hogar

Entré en la casa que estaba hueca por fuera, la casa sin rostro. No estaba vacía, era más que eso. Fue una sensación extraña. Al cruzar el pasillo sentía como si los vecinos pudieran verme desnuda a través de las paredes transparentes. La casa estaba llena de cosas. Cosas y más cosas por todos lados, pero estaba muda. Oía su oquedad que era así como mate y transparente, y densa al mismo tiempo. Tiempo… el tiempo parecía concentrarse en las esquinas esperando el momento de asaltar la vivienda por algún lado, pero era inútil. En aquella casa tampoco había tiempo, estaba pegado en las paredes, mimetizado en ellas y no podía escapar. Pude haber corrido las cortinas, pero no lo hice a fin de que la luz me hiciera compañía, por lo que tuve que superar mi pudor inicial del pasillo.

Di un paso hacia mi habitación. Ésta sí, estaba más que vacía. No tuve valor de cruzar la puerta ¡caería en el abismo sin remedio! Yo no estaba por ningún lado, ni siquiera en mis libros de cocina tailandesa. Mi olor se había disipado de mi propia habitación y mi cama era un lecho pétreo. Aquel dormitorio estaba vacío de mí y la casa me obligaba a habitarlo. Por unos momentos sentí pánico y pensé en sentarme en el sofá del salón, probar suerte y comprobar que aquello era más que un mueble frío y desconfiado. El sofá no se inmutó. Aquel no podía ser mi sofá porque mi sofá me habría abrazado, me habría acurrucado y acomodado su forma a mi cuerpo. No se me ocurría qué podía hacer y decidí esperar a los demás, a ver si ellos se sentían igual que yo, a ver si habían escuchado alguna noticia sobre gente que se dedica a infectar casas con un virus capaz de inhibir las características que las hacen hogares. Tenía miedo y hasta que llegasen seguí recorriendo la estancia gélida y extraña. La cocina no me fue menos ajena que el resto de la vivienda. Las sobras del mediodía, en vez de rogarme que las engullera o las guardase en la nevera, me miraban amenazantes y apunto estuve de apartarme al pensar que en cualquier momento las espinas de la lubina se me lanzarían a la yugular. Los fogones parecían haber estado apagados milenios y en la vajilla fui incapaz de reconocer un solo plato como el recipiente en que yo hubiese podido disfrutar de una gustosa comida. Volví a sentir pánico, un terror imposible de mitigar cuando la ducha parecía más un ataúd blanco que el satisfactorio receptáculo donde expulsar las tensiones diarias. Cuando en el espejo fui incapaz de encontrar mi rostro, grité, simplemente, grité.

Y entonces, de pronto, todo pareció volver a la normalidad: las paredes se impregnaron de nuevo de intimidad, seguridad y calor afectuoso, el sofá volvió a envolverme cariñosamente, mis libros de cocina tailandesa y toda mi habitación volvieron a ser tan aromáticos como siempre y la lubina dejó de amenazarme mientras el espejo me devolvía mi reflejo.

La próxima vez que sufra un ataque de silencio semejante, por favor, que alguien me pellizque en la nuca.

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