sábado, 28 de marzo de 2009

Un mordisquito


Un mordisquito nada más. Eso era, un mordisquito. Mordisquito que se convirtió en gula y ansiedad, en necesidad y desesperación. Uno nada más y Marga comenzó a caer, dulcemente, pero siempre hacia allí abajo, hacia aquello que no conocía y no parecía darle miedo en absoluto. Un bocadito de nada a un pedacito de nube blanca y el mundo dio más de mil vueltas de pronto. ¡Maldito sabor a nada llena de todo! Era dulce caer, la sensación de no llegar jamás al final, la despreocupación total y absoluta. No pensar. No pensó. Pensó en no pensar y lo hizo: un mordisquito tan rico que volvió a pensar: otro y a no pensar de nuevo, y otro más. Cada vez más abajo subía muy alto. Cuanto más caía más sentía que pronto llegaría aquello en lo que no quería pensar, en lo que no podía pensar, en lo que ya no sabía que había decidido dejar de pensar. Pensar… en otro bocadito, otra dosis de cielo envenedada y encantada. Sabrosa y tentadora adicción incotrolable, eso eran sus nubes desde la primera vez que de niña jugó como todo el mundo a proyectar su mundo en ellas. Por eso quería volar y acariciarlas, alcanzar su mundo de allá arriba y para eso lo único que tenía que hacer era dar tiernos bocados deliciosamente insípidos y dejarse seducir por el cosquilleo que la caída a lo alto de su mundo le producía cada vez que sentía el contacto de ese bocado en su piel.

- ¡Rápido! ¡Se nos va! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Reacciona joder! ¡Vamos!

Sublime el mordisquito. Eterno el mordisquito. Delicioso. Insípido y frío entre las nubes allá abajo por fin, en lo más alto.

jueves, 5 de marzo de 2009

A chocolate

Aquella tarde cuando entró a la cocina, olía a chocolate.
Olía a chocolate sin quererlo, casi con la inocencia de un olor que no es más que el reflejo de todo, que parecía querer decir que él ni siquiera pretendía serlo. Pero olía. Y fue un chispazo de lucidez, un rayo atravesando su mente en blanco, puesta desde las ocho de la mañana en automático.
Chocolate, como una tarde de invierno, como un día oscuro, como un día en la estación. Chocolate, el azúcar por las nubes, las nubes bajo los pies. La tierra tan lejos…
Si no hubiera olido a chocolate no hubiera recordado. Se hubiera quedado en otro momento anecdótico, en un segundo sin importancia.
Afuera hacía frío, un susurro, vaho en las ventanas, aquel susurro, sus labios eran rojos y gritaban a susurros: tango. “Tango” Tango…fruto del recuerdo la palabra cuelga en el olor a chocolate. Y la música. Y tormentas. Un Dos Tres, Tango.
Pero, odioso pero, olía a chocolate, y a palabras escondidas, y a razones sin importancia y a silencio. El silencio. Le rompía los tímpanos el silencio. Silencio, silencio, y por su oreja caía una gota de sangre, se deslizaba por el cuello y se perdía. En silencio. ¿Y el tango? Un Dos…
El tango se perdió junto con el olor a chocolate, por la ventana. Hacia fuera.Blanca se sentó en la silla de la cocina. Cuando entró en la cocina olía a chocolate y ahora por el recuerdo le sangraban otra vez los oídos de silencio.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Juré que nunca poesía

Juré que nunca poesía
pero la hierba sigue siendo verde
el cielo, cielo
el río, agua

Juré que nunca poesía
pero los cuervos taparon
con una roca la luna
¿luna sin luz? Niebla

Juré que nunca poesía
pero, si no soy poesía
si no soy tinta, sangre,
cielos, cólera ¿qué soy?
Nada.

martes, 24 de febrero de 2009

Agujeros de gusano

“Los agujeros de gusano que atraviesan ustedes de un lado a otro de la ciudad, me desconciertan.
¿Recuerdan ustedes al viejo Dan? Pobre viejo Dan no era la típica persona que ustedes podrían recordar. ¡Ni yo! Pero ahora, al subirme aquí arriba y al observar de la ciudad las arterias, tubos, nervios y socavones, agujeros de gusano infecto que son ustedes, he recordado un frase, un detalle, un destello de genialidad que tuvo aquel pobre diablo, pobre viejo Dan, antes de desaparecer entre las grises carnes del monstruo, la metrópoli, Caín y Calibán.
Antes de que ustedes nacieran Dan sería seguramente un florero, enterrador o librero, ya viejo desde que montase el negocio, y apunto estoy casi de afirmar que viejo desde que aprendió a andar. Por tanto es de esperar que como la vida sigue y nunca vuelve hacia atrás, para cuando Dan llegó a este agujero infecto, pobre gris y enjunto, estuviera muerto ya.
Más de mil veces traté en vano de verle una muestra, un rastro de lo que pudiera ser una embalsamación, pero pobre viejo Dan solo callaba y callaba y miraba con esperanza a las puertas de esos vehículos, trastos, máquinas que queréis llamar “metro” y no son sino gusanos dentro del cadáver de la bohemia, la vida y, perdónenme si bebo un trago a favor, lo que un día fue esta ciudad, la gloria.
No crean que porque me tambalee me voy a callar, aun recuerdo los ojos del pobre diablo, pobre viejo Dan. Eran sus ojos cual platos llenos de plata y no me di cuenta casi hasta el final que cuando bajaban los pasajeros parecían ser tragados en las aguas plateadas de estos cuencos. Se sumergían en baño de plata y, de noche, cuando con los ojos abiertos dormía en ellos parecían aflorar las vidas, las almas que el viejo Dan, seguro que como venganza, tragaba de día y recordaba de noche.
Este pobre diablo, Dan, un día, me habló, de noche, bajito y yo me acerqué asombrado por este milagro. No le oía. Me acerqué un poco más y conseguí distinguir, entre susurros que siguiera yo por él su labor, que rescatase de las puertas del metro las vidas que se funden en el gris de las calles, empresas, allí arriba y quizás así encontrase…nada. Calló. Pareció dormir y al día siguiente había desaparecido.
Desde entonces trato de recordar, casi sin acordarme ya del viejo Dan, las caras de ustedes, autómatas, los destellos de vida que en vuestros ojos parezco ver, en busca de lo que el viejo Dan buscaba, sin saber que es y planteándome si algún día lo supo él.”
El mendigo se bajó de la caja que Joe había dejado olvidada en la estación, suspiró, y esperó la llegada del siguiente metro, 3:15.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Las ostras y la economía según mi abuela

Sube la gráfica y baja la gráfica. ¡Vaya! ¡Otra cuesta más! Vuelve a subir y a bajar… debe de ser la crisis. Sí, sí, ésa que tan mal carácter gasta. Sí hombre sí la de los colmillos de serpiente, colmillos de diamante, pero colmillos al fin y al cabo. ¡Venga! ¡Otra vez! Vuelve a subir y ¡chof! A estrellarse, como un huevo frito en la sartén. Pero si ya lo decía mi abuela, algo así no puede acabar bien… no ¡no!


¿Y qué más da? ¡Mozart! ¡Mozart! ¡Otra copa para mis compañeros y otra para mí! ¡Subamos! ¡Subamos todos juntos! Ya llegarán las caídas de bolsa y de bolsillo, mientras tanto… ¿dónde íbamos? ¡Ah sí! Mi abuela. Mi abuela los odiaba, mi abuela nos odiaba. No se puede vivir así, decía. Ella no diferenciaba entre poder y deber y yo no diferencio entre deber y querer. Terrible problema el nuestro. ¡Ostras para todos Vivaldi! Sí, perdón, Mozart, ¡ostras para todos en tu primavera!

Mi abuela diría: no se debe comer ostras en crisis. Pero mi abuela no entendía de crisis. No de éstas al menos, de éstas que se curan comiendo ostras. ¡Pobre mujer! Toda su vida viviendo en la mitad de la gráfica. ¡Cómo nos odiaba! ¡Locos! ¡Viciosos! ¡Monstruos sedientos de lujuria! La bolsa subía con cada una de sus palabras y claro mi bolsillo volvía a bajar. ¡Egoístas! ¡Insensatos! Dos puntos, tres puntos, gráficas arriba y abajo. ¡Ah! Si mi abuela pudiese asomarse por alguno de los picos de mis gráficas ¡mangarranes! ¡desgraciados! Eso nos diría. ¡Pobre mujer!


Mientras tanto comeremos ostras, que ya vendrán tiempos mejores y quizás, con un poco de suerte, un día, en lo alto de la gráfica, una servidora escriba algo que realmente merezca la pena leer.


¡Mozart! ¡Una de ostras!

martes, 10 de febrero de 2009

Notremartre

En la calle St Sulpice, en la tercera farola color verde gastado y mientras amarraba a ella una bibicleta lila alguien exclamó “¡deja volar tu imaginación!” Ya lo había esuchcado antes, pero nunca lo había probado. Por eso lo hizo. Su imaginación alzó el vuelo y lo hizo tan alto que chocó contra el cielo azul y se desperdigó en más de mil pedazos. Parte de sus alas fueron a caer en la mesa de un bar donde un par de jarras de cerveza medio vacías descansaban junto a un paquete de cigarrilllos a punto de morir. Ducados. De los que anuncian una muerte de asco en cada calada. Fue entonces cuando Risto exclamó “vive como piensas si no quieres acabar pensando cómo vives” Cogió su dosis de mortalidad y se fue. Justo frente a ellos por el cristal se colaba la imagen de un par de ejemplares de lo que Risto habría llamado artistas bandálicos. Julien y Marcelo se afanaban en acabar de pintar una especie de ojos encerrados en una jaula de colibrí cuando uno de los mil pedazos cayó sobre Marcelo. Su mano comenzó a moverse y creó la siguiente secuencia de letras “La única verdad del hombre es el momento presente” En ese mismo instante Rosalía, la prostituta que hacía esquina junto a la jaula de colibrí, puso cara de sorpresa y enfadada se dirigió a Marcelo “Si la única verdad del hombre es el momento presente, entonces muramos todos porque la muerte es eterna y lo eterno nunca dejará de ser presente” Dicho esto, cruzando sus zapatos de tacón de cuero rojo en pasos sensuales encendió un cigarro y subió hasta la place du Chocolat donde una pareja de enamorados aburridos de su amor miraba ensimismada cómo un gato negro rebuscaba un suculento manjar en la papelera. Ellos también fueron agraciados con un pedacito de ala imaginativa y se dispusieron a practicar el Arte de Amar. Los besos siguieron a las caricias que se enredaron con miradas que morían en la boca del otro para resucitar en sus manos. Al otro lado de la plaza, sentado en un banco pareja de hecho de una farola repleta de publicidad, el hombre al que todos en el barrio llamaban el poeta, pero que en realidad se dedicaba a vender guantes desemparejados sintió la llegada de las musas que tanto anhelaba y sin pensarlo sacó de su cartera las 3000 pesetas que hacía años tenía reservadas para comprarse un billete a Paris donde le esperaban el resto de las musas. Camino a la estación, el poeta se encontró con Rosalía quien, al ver al pobre desdichado, se ofreció a cambiarle sus ahorros por monedas actuales ya que un cliente suyo era fiel amante de los billetes antiguos y seguro le agradecería tres más para empapelar su habitación de curiosa decoración. El cocinero de “Las rosas azul carmín” culminó ese día “muerte de placer” y su mujer a punto de suicidarse en las vías del tren cogió uno que le llevaría Roma donde conocería a Giovanni, otro agraciado con un pedacito de cielo, que le descubriría el mundo de los gelatti y los gatos. Una paloma en una silla de mimbre, un surfista que coleccionaba azucarillos y un hombre que iba por la calle con escafandra por si alguien le robaba el par de zafiros que tenía por ojos. Así surgió Notremartre.

jueves, 5 de febrero de 2009

POESIA

"Esan ezin direnak esateko ahalegina da poesia"

domingo, 1 de febrero de 2009

IT'S RAINING RAIN

- Zer da hori?
- Euria
- Ziur al zaude?
- Bai, zure atzamarra da euri tanten artean, besterik ez.
- Besterik ez?
- It’s raining rain, that’s all.

Zaparrada Gasteizen 2009ko otsailaren 1ean. That’s all.

sábado, 31 de enero de 2009

-El Padre Vitoriano.-

En lo alto del púlpito, La Biblia de tapa color bermellón y páginas doradas se encuentra sobre el poyete, abierta de par en par, y con una cuerdecita enroscada y unida al libro a forma de marca-páginas preside la parte derecha del altar.

El padre Vitoriano se inclina sobre si mismo para coger impulso y se levanta costosamente. A medida que se acerca ha hacer la lectura, la gente se levanta de los bancos para recibirlo como cada primer Domingo de cada mes.

-Hoy leeré un capítulo acerca de la muerte según San….-

Todos le escuchamos con respeto y silencio y aunque intento no perder ni una de sus palabras siempre me acabo despistando y dejando que mi mente fluya sobre las todo lo que él dice.
Miro de vez en cuando hacía atrás y veo a mi abuela con las manos entrelazándose en el bastón y la cabeza gacha moviéndola mientras dice algo que ni siquiera ella puede oír.
Las grandes cristaleras representan pasajes famosos de La Biblia. Los dibujos no me gustan porque me parecen carentes de sentimientos pero, me llama la atención el juego de colores que se traspasan a través de ellos.
Uno de los monitores se inclina hacia mí y me dice que este atento a lo que dice el Padre Vitoriano, que sino, luego no me dejará comer nada de chucherias en la merendola que hay después de misa.
Hoy temeroso de que cumpla lo dicho, giró la cabeza he intento atender a lo que dice el Padre Vitoriano.
Tendrá más de 60 años y los papos le cuelgan, no demasiado, a causa de la edad. Su pelo negro no tiene más que algunas canas por encima de las orejas. Y por supuesto, siempre lleva sus grandes gafas color sepia y mueve las manos a medida que empieza con el sermón acerca de lo que ha leído.
Empieza reflexionando acerca de la Muerte y como debemos predicar con el ejemplo.
Para la siguiente reflexión, mi mente ya está en otra parte. Pienso en que nada más acabar, correré escaleras abajo para poder coger un puñado de gusanitos y un vaso de bebida y que luego jugaré a ser Piratas o a quién sabe que otras cosas con el resto de niños.
Poco a poco, voy dejando de planear lo que haré cuando acabe, y empiezo a pensar acerca de La Muerte y acerca de todo lo que habla el Padre Vitoriano. Es tan difícil seguirle el hilo sin despistarse que desde hace unos años me entretengo dándole vueltas a las cosas y aprovechando esos momentos para pensar y reflexionar como el Padre Vitoriano acerca muchas cosas.
Muchas cosas… De vez en cuando, me pregunto si todo el mundo hará como el Padre Bitoriano y yo intento hacer, y se preguntan casi a diario y en mi caso, cada vez con más frecuencia, acerca de La Vida, La Muerte y todo lo existente en general. Me respondo a mi mismo que no, porque si toda la gente hiciese como él he intentasen pensar y predicar con el ejemplo, no ocurrirían muchas cosas malas que pasan.
Al finalizar la misa y el Padre Vitoriano dice:
-Podéis ir en Paz.-
Todos los niños corremos ruidosamente escaleras abajo hacia donde han puesto la comida.
Al rato, veo al Padre Vitoriano sentado en una silla esta vez con la ropa de calle: Todo de negro menos el alzacuellos blanco. El también me ve y me llama con una sonrisa en la boca.
Yo voy al trote.
-David, ¿Te importaría acercarme un vaso de vino y un pedazo de queso?-
Yo cual perro fiel corro a por lo que me ha pedido y se lo traigo.
-Muchas gracias hijo. Que Dios te bendiga.-
Yo me quedo callado y me miro a los pies. Es tal el respeto que le tengo que me pongo nervioso y él lo sabe y sonrie.
Coge el vaso de vino y le da un largo trago. Me quedo absorto viendo como se le mueve la nuez mientras bebe y él deja el vaso sobre la mesa y me dice riendo:
-Tú no bebas eh?-
-No, Padre Vitoriano.-
-¿Has estado atento a lo que he dicho hoy?- Yo respondo efusivamente con la cabeza que sí.- Bien. Lo importante es que lo pongas en práctica y que prediques con el ejemplo.- Yo le escucho absorbiendo cada una de sus palabras. No se si porque me interesan o por el respeto que le tengo.- Tú tienes mucha imaginación y ya he visto que en muchas ocasiones, te despistas y te tienen que llamar la atención.-
-Lo siento.-
-No hijo. Jamás reprimas tu imaginación. Compártela. Expándela hasta que ocupe todos los recovecos de tu cuerpo. Siempre ten esa imaginación de niño cuando seas mayor. ¿Sabes lo que decía Jesús acerca de los niños?- Yo muevo negativamente la cabeza aunque lo se perfectamente, pero quiero escucharle.- Dice: “Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos” Recuerda esto hijo: Nunca dejes que nadie te separe del niño que eres ahora. Sigue con esa ilusión por la vida, que nos demuestras con tus historias, y jamás te rindas por pensar que eres diferente por no seguir a los demás como ovejas. Tú eres un pescador de hombres, no un pez más. Venga, ya te he aburrido bastante, vente a jugar con Marcos y con Marta.-
-Adiós.-
-Adiós, David. Y recuerda lo que te he dicho….-

Por suerte, siempre he tenido en cuenta lo que me decía el Padre Vitoriano y me gusta pensar que él me enseño a sentir, a pensar en cierta medida, predicando con el ejemplo que nos daba en cada una de sus reflexiones. Siempre le tuve mucho respeto y para mí siempre será una persona admirable aunque tan solo tenga un vago recuerdo de él. El día 30 de Enero del 2009 a la 1 del mediodía, el Padre Bitoriano moría por una enfermedad intestinal. No sabía nada de él desde hacía más de 4 años y ahora, me arrepiento de no haber intentado saber que había sido de él. Esta pequeña historia la escribo por y para él. Ya que, si no hubiese sido por sus interminables sermones, yo nunca me habría despistado lo suficiente como para darle tantas vueltas a las cosas y seguramente no sería el que soy hoy. Tan solo eso. Quería que se supiese algo sobre otro héroe infantil que cae y agradecerle todo lo que me enseño aunque él nunca lo haya sabido.

lunes, 26 de enero de 2009

SIGUE BUSCANDO

Los compañeros de clase se habían reído durante años de él en el colegio, su jefe llevaba años humillándolo ante los demás empleados y las solteronas del cuarto murmuraban cuando pasaban a su lado mientras le miraban las botas siempre llenas de barro. Pero lo que no podía soportar es que aquella tapa de yogourt se mofara de él de aquel modo. Allí, posada en la encimera de la cocina, su reverso de aluminio le mostraba, manchadas por restos de derivado lacteo con forma de sonrisa burlona, las palabras de su suerte en el sorteo de una vespa “Sigue buscando”
Pero ¿qué podía saber aquel vulgar tarro de un postre inmundo sobre su vida? No podía dejar de leer aquel par de palabras, se le habían quedado pegadas en el paladar junto a la acidez del biobífidus que había ingerido.
Pensó que ante tal burla lo mejor sería huir tal y como había hecho siempre.

Salió a la calle y tomó el primer tranvía que paró en la parada junto a su casa. Se sentó y al instante decidió que prefería permanecer de pie. “Sigue buscando” escuchó. Aquello era demasiado, que un par de niños que rascaban un boleto de una chocolatina conocieran sus inquietudes más íntimas era superior a él. Vale que una tapa de yogourt conozca tus pensamientos más profundos, pero ¡aquello no eran más que dos críos!
Se bajó en la siguiente parada. Huyó desesperadamente.

Avanzaba desorientado, con paso distraído sin saber dónde ir, pero sabiendo que debía huir, porque era lo que siempre había hecho, porque era lo que siempre había funcionado. Cruzó varios pasos de cebra y varias carreteras sin señalizar, pasó frente a dos farmacias, una frutería y tres cafeterías, siempre mirando distraído las cortinas de las casas y la luz que se colaba entre ellas, la luz que como él huía de las casas acogedoras. De pronto, una forma humana de cabellos rizados, corta estatura y cuerpo perfectamente formado apareció frente a él y con una voz con sabor a yogourt azucarado formuló las palabras que tanto tiempo había deseado escuchar en boca de alguien “¿Buscas algo?”

jueves, 22 de enero de 2009

Arkubeleko plazan


Si cogiese, y digo si cogiese porque sabes que no lo haré, no insistas. No quiero decir que lo haga, pero si cogiese esa silla de madera que sostiene los últimos libros de Maf y la plantase junto a las briznas de curcubita que el alcalde no consiguió arrancar, en medio de la plaza, erdi erdian, Arkubeleko plazan…
Si lo hiciese me subiría a ella, miraría al cielo y contaría la historia aquella, ya sabes tú cual, aquella que Maf siempre me prohibió contar, la que descubría la verdadera rebelión de Prometeo. Prometeo no robó el fuego a los dioses, sino las palabras, el verdadero poder, verdadero ingenio, palabras como amor u orgullo. Palabras como anaia o zuhaitza. Y ellos, como castigo, nos maldijeron con otras como patria o ira, beldurra. O guerra. Transformaron palabras hermosas como lurra en palabras corruptas, asesinas como tierra.
Si la contase…si la contase o contara los niños verían por un segundo, como un destello, las verdaderas cadenas, las verdaderas alas, el poder que mueve el mundo con más fuerza que la pólvora. Verían como las palabras nos esclavizan y nos hacen libres y el más libre de todos es el que sabe quedarse con las que considera suyas, saborearlas, paladearlas y saber soltarlas al viento, que se multipliquen, vivan y, finalmente, mueran.
Por esa historia Tuk se sentó bajo el árbol y no dejó de susurrar durante las horas que quedaban de sol, liberaba las palabras del libro que encontró bajo el banco del ayuntamiento, las expulsaba, desterraba de su mente.
Maf nos dijo que lo fuéramos, que fuéramos libres digo, y luego se fue, junto al dueño de la silla, el último cuentacuentos de Arkubele, por ser libre ella también. Porque en Arkubele no podemos liberar palabras. No desde que el cuentacuentos llevó la silla a la plaza y lo dijo, liberó de verdad la historia, y su final:
Ala bazan ez bazan, sar dadila kalabazan eta atera dadila Arkubeleko plazan.
Y la historia brotó en mitad de la plaza, de pronto, en forma de curcubita inarrancable y sigue allí, solo necesita crecer más. Solo necesita que alguien vuelva y la cuente y libere de palabras Arkubele.
Si cogiese, y digo si cogiese, tan solo condicionalmente cogiese, todo sería distinto. Y todo cambiaría. O cambiase.

jueves, 15 de enero de 2009

Lo que fue de la caja que Joe dejó olvidada en el banco rojo de la estación.

La caja, sentada en el banco, esperaba al tren de las tres treinta. Alexey, abandonado, olvidado en el banco de la estación, esperaba a las tres treinta. Supongo que era su destino encontrarse.
Ella era una caja de cartón, pequeña, treinta centímetros cúbicos de acartonado misterio. Alexey guardaba dentro de su cuerpo ojeroso y descuidado cartas, retratos y algún que otro calendario.
Supongo que fue el destino también el que empujó a Alexey a tomar la caja y a subirse al tres de las tres quince.
La colocó sobre el escritorio de su apartamento y la miró.
Ahora bien, es curioso como el hombre puede deshacerse de su propia alma. Puede dejarla abandonada en un beso callejero o puede volcarla en un proyecto inútil como un avión de papel de tamaño natural- con el que volar hasta el Kilimanjaro, dirá- Alexey…Alexey sin embargo podía decidir dónde dejarla y qué hacer con ella, consigo mismo, con su persona. Tras años de trabajo monótono había explorado su mente en innumerables expediciones y, en una de ellas, se encontró a sí mismo, acurrucado, huyendo del mundo. Una vez localizado, el alma es fácil de mover, volcar, regalar o transformar.
Miró de nuevo la caja, tomó un papel amarillento del escritorio, probablemente un jubilado posavasos con restos de café y escribió:

Y Enero entrará por tu ventana, no la cierres. Estoy en el viento. Y los suspiros saldrán de entre tus labios. No los contengas. No me hagas de nuevo prisionero.

Antes de volcar su alma completamente en estas líneas, dejó a su cuerpo, colgado de una prominencia muy marcada en el cerebro, las instrucciones a seguir: habría de llevar la caja hasta el puente más alto y dejarla caer.
Su alma, unas pocas frases sin ritmo, entraron en la caja. Alexey entró en la caja.
El cuerpo de Alexey la tomó en brazos y la fue a tirar al río Loira. Y en el puente…tuvo que pasar en el puente.
Ella estaba sentada en el puente y le preguntó que qué llevaba en la caja. Alexey les oyó preocupado desde la caja. Me debí dejar el corazón encendido, pensó. Maldición.
El cuerpo de Alexey, mucho más decidido de lo que lo fue él nunca, siguió a la chica por la vera del río.
Se llamaba Elisa.
Un día, un mes después, el cuerpo de Alexey corría hacia casa de Elisa. Se sentó por el camino. No era tan independiente como para soltar de la caja. Y la caja pesaba. Ps, Alexey. Un trato es un trato, se dijo desde la caja. Lánzame de una vez al río.
-Pero entonces yo…no podré vivir.
No.
-Elisa.
Olvídalo. Es toda una vida. Demasiado tiempo. Esto es el final. Acabemos con ello.
El cuerpo anduvo despacio hasta el río mientras, poco a poco se daba cuenta de que no tenía un alma que ofrecer, y si la daba, si la regalaba, si se la entregaba…Si la entregaba tendría que…pero tampoco era completamente suya. Era eso. Un alma. Sin corazón. Era un ser radical mente idealista que no pensaba más que por sus tres frases. Palabras.
Ni su alma era suya. Nada era suyo. Este mundo, definitivamente, no era suyo.
Llegó al puente.
Elisa fue al puente como cada mañana, solo encontró la caja. La caja de Alexey. Nunca le había dicho qué contenía.
Empezó a llover. La guardaré yo o se mojará, pensó.
Pero Alexey no apareció ni al día siguiente ni al mes siguiente. Alexey no apareció. Sus ojos, se decía ella, tiene licor en los ojos. Resbala, plateado como por una botella medio vacía y me emborrachan. Dos meses. Sus manos, se decía, sus rasgos, perfectas líneas. Tres meses. Alexey. Suspiraba.
Al cuarto mes, abrió la caja:
El alma de Alexey, dentro, entrecerró sus –teóricos-ojos ante la claridad. ¿Qué habría pasado…?

Y Enero entrará por tu ventana, no la cierres. Estoy en el viento. Y los suspiros saldrán de entre tus labios. No los contengas. No me hagas de nuevo prisionero.

Un papel manchado, y unas frases.
Era Enero. La ventana estaba abierta. Suspiraba. Alexey.
Terminó Enero y, su último día, partió en mil pedazos el papel manchado y los lanzó por la ventana abierta. “…Estoy en el viento…”
Tomó la caja y la llenó de botes de pintura roja.
Elisa era pintora.
Un día de Abril corrió por los andenes con un bloc de notas y se dejó la caja olvidada sobre el banco rojo de la estación de tren.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Tres líneas

Su biografía eran tres líneas sobre un mohoso papel de periódico Podría haber sido peor, podrían haber estado en una agenda, o un documento Word, html, pdf, xml o, simple y llanamente, doc. Su biografía eran tres líneas con sabor a plomo. Su biografía…si olías el papel de periódico su biografía olía a café y a humo. ¿O era ese el hábitat del periódico en cuestión? Prefiero pensar que era su recuerdo el que olía a café, a humo de tabaco, a una mesa arrinconada. ¿O a tinta? Sí, también olía a tinta, como no. ¿O a pájaros? ¿Y faroles? ¿Y tejados? Bueno, sin pasarnos, que son tres líneas. Tres roñosas y reducidas líneas.
¿Tres líneas por una ración de bohemia? ¿Tres líneas en honor a la casualidad? ¿Tan solo tres líneas por lo que hizo que se abriesen las puertas y ventanas del mundo para nosotros?
Por el que nos empujó a juntarnos. Por el que nos empujó a soltarnos. A desvariar, a hundirnos, a levantarnos, a estallar de mil formas distintas. A atrevernos. ¿Tres líneas por un cambio? ¿Tres líneas por la inspiración?
Tres líneas sobre un mohoso papel de periódico. En un bar. Afuera llueve, jarrea, caen peces plateados y las vías del tren se oxidan. Tres líneas:

El 2008 concluirá el próximo 31 de Diciembre y con él dejamos tras nosotros un año más de actualidad social y económica. Gracias por haber estado con nosotros este año de momentos felices y grandes cambios.

Tres líneas por el 2008. Trs roñosas líneas. Tres líneas por una pizca de soma en el café. Tres líneas por ser un poco más feliz, levantar la vista y ver esos ojos. Por esa mirada. Qué no te escribiera yo por una más de esas miradas…

Que el año que viene no de por finalizado este blog ni las historias que en él se encuentran. Que los autobuses a Madrid sigan con un precio razonable dentro de unos años y que no nos olvidemos los unos de los otros. Que algún día nos acordemos de este año y sonriamos.

Mis mejores deseos.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Algodón

Enrique se levantó con la cabeza llena de algodón. Suave y blanco algodón. El mundo era blanco. Suave y esponjoso algodón. A white lie, una mentira, blanca, suave, de algodón.
Asomado a la ventana sintió que podía volar, junto a las nubes. Las nubes no eran sino el humo del tren que pasaba bajo su casa volviéndola negra de carbón. Pero aquel día no hubo humo más blanco, humo más algodonado que el del tren de las cuatro y media a Madrid y más blanco que el de las seis cuarenta a Lisboa. Ni qué hablar del de las siete a París. El humo era tan suave como una eau de toilette.
Y así, sumergido en volutas blancas sobre el cielo azul, bajaba a trabajar a la cafetería de la estación. Daba tragos de leche a ratos. La leche blanca cómo el humo que se perdía hacia Lisboa y dejaba tras de sí una fina señorita de Bayona de piel tan pálida cómo el marfil o la cabeza de algodón de Enrique. Llevaban tacones blancos y sombreros a juego. Su piel no cambió de color cuando el camarero derramó un poco de leche sobre su mano. Blanca cómo el algodón. ¿Sería tan suave cómo parecía? El hombre con la mente entre algodones tomó su mano y la besó. Ella le dirigió una sonrisa de carmín rojo y corrió a tomar el trasbordo a Madrid. Tras los ojos de Enrique, el algodón se tiñó de rojo carmín. Rojo, cálido y cremoso carmín. Sensual carmín.
El mundo pasó de ser una mentira piadosa a una espiral apasionada. El atardecer se tiñó de rojo y Enrique, camarero de la estación que nunca subió a un tren, soñó con correr hacia Madrid en busca de otra sonrisa, más carmín. Más pasión. Carmín.
Pero se hizo de noche. Llegó a su piso sobre la vía, se tumbó sobre la cama y todo se tiñó de rojo. Carmín, suspiró. Carmín.
Los trenes no dejaban de pasar bajo la ventan. Terremotos, explosiones de lava. Enrique tomó el algodón que había sobre la mesilla y, pensando en rojo, se puso unos tapones de algodón. Pero el algodón desaparecía casi en cuanto tocaba la oreja y tenía que usar más y más algodón, suave algodón hasta que su mente se llenaba, rebosaba, y los trenes dejaban de oírse.
A la mañana siguiente se despertó, cómo siempre, con la mente llena de algodón. El mundo no era sino a white lie y el humo del tren, esponjosas nubes. Casi blanco papel.

lunes, 8 de diciembre de 2008

-Pipoleto y Mauricio.-

¿Y cómo fue?
Pues él, sentose ahí donde se encuentra el tapiz desgarrado y el otro, como siempre, a su lado.

Pianista y violín.
Violinista y piano.
Pipoleto y Mauricio.
Este fue el último lugar, donde ellos tocaron.

Empezó el piano acallando las voces que inundaban el espumeante ambiente a causa de las pipas y los cigarros y seguidamente empezó un chillido agudo, desbarajustado, que al tiempo que con sus desgarradoras notas prendían los corazones de las fulanas y las consumiciones de los gualdrapas, parecíase también que estuviese tocando un gato en vez de aquel violín de madera áspera y simplona.

La gente callóse, las jarras se parabanse en las mesas y los cigarros en ceniza se convertían en las bocas de los mineros.
Pipoleto balanceabase al son y a la luz de un gran candelabro estilo judío siguiendo cada una de sus curvaturas y dobleces. El violín se deslizaba sobre su hombro como un barco del inmenso mar en una tormenta enojada. Era tal su balanceo y su delicadeza que violín y Pipoleto mezclábanse engullidos por las notas y los humos que al final, diferenciarse no se podía entre quien tocaba, manejaba y acariciaba a quién, y quién se balanceaba sobre quién. Como si violín tuviese cuidado de no dañar el hombro de Pipoleto al acunarlo sobre su madera simplona y áspera.

Mientras, Mauricio y piano hacían lo suyo. Las teclas parecían no acabar y a cada una que tocaba otra más añadiase a la cadena y así, estas iban cogiendo forma y rodeaban el antro: Entre las patas de las mesas, entre las enaguas de las mujeres, entre los bigotes llenos de espuma de cerveza de los hombres borrachos de trabajar. Y seguían moviéndose, esquivando, desvaneciéndose como una gigantesca serpiente de marfil y negro.

Seguían un rato así, hasta que del flequillo de Pipoleto caía una gota de sudor sobre violín y entonces el sonido al chocar contra la áspera y simplona madera despertaba a Pipoleto de su ensoñación de bailes con candelabros judíos y luces y sombras y chasqueando la lengua, empezaban in crescendo.
El arco empezaba con sonidos bajos, burdos y picarescos y al tiempo que el tono aumentabase su complicidad y dificultad para con el resto, parecía que el brazo de Pipoleto y el arco con el que tocaba con gran maestría multiplicabase y cuando no cabían más en un mismo violín saltaban y se abalanzaban al vacío pero, en el momento clave de chocar contra el suelo los recogía otro violín formado por la multitud de notas, por las ansias del público por no parar hasta que sus tímpanos dijesen hasta aquí hemos llegado y explotasen.
Y por el humo, el frío y al mismo tiempo, el calor que el antro impregnaban.

Así, en cuestión de segundos un ejército de violines seguían los ágiles movimientos de Pipoleto al violín y Mauricio al piano. Pipoleto juguetaba velozmente con los sonidos y su violín formulaba preguntas que al unísono su sequito de violines imaginarios respondían en un estruendoso afán por seguir el ritmo que Mauricio y su serpiente bicolor les proponían. Aumentaba la velocidad, los sonidos, los violines, las teclas de marfil y negro, los latidos… hasta que llegaba un momento en que el ejército se sublevaba, Mauricio ni siquiera tocaba las teclas, su serpiente se consumía lentamente y Pipoleto seguía ya no con sensuales caricias y dulces movimientos sino con brutales segadas con el arco sobre las cuerdas del violín que humo sacaban como los cigarros y parecía que fuera a partirlo por la mitad.

Finalizaba con dos últimos movimientos. Brutales, rápidos y contundentes que por la entrega y afán de espíritu, que acababan y volvían a encerrar al conjunto de violines que en cada actuación querían separarse de alma y ser tan solo cuerpo, Pipoleto en esa milésima de segundo después de encerrar a sus criaturas miraba al cielo con la cara chorreante de sudor y su cuerpo se desplomaba sobre la silla que detrás suyo siempre tenía para ocasiones en las que la fatiga de su espíritu no pudiese ser aguantada por su escuálido cuerpo.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Hoy puede ser un gran día...

" El que es sabio, sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor"

A orillas del río Piedra me senté y lloré, Paulo Coelho


http://es.youtube.com/watch?v=ysZ1JkBS7Ps

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Un grito

Nadie antes había contado jamás una historia tan angustiosa, tan ahogada y atrapada que parecía imposible de leer por la dificultad de avanzar entre sus densas líneas de sufrimiento contenido. Porque nunca antes nadie había escuchado la historia de un grito. La vida de ese grito que murió antes de nacer. Atrapado en las cuerdas vocales de una garganta encadenada. No podía salir, pero tampoco podía siquiera huir a la boca del estómago porque su fuerza era tal que su rabia contenida lo obligaba a luchar por permanecer en el epicentro de la desolación.

Jamás nadie podría imaginar la encarnizada lucha de ese girto por aflorar y poder contar su historia. Poder dejar que su pena volase entre los árboles desnudos y se colase por las rejillas de las ventanas entreabiertas y las chimeneas humeantes de aquel invierno gélido.

Su esfuerzo imperioso quiso aliarse con un par de lágrimas que encarceladas en dos cuencas oscuras no conseguían escapar de su cautiverio.

Era tal el dolor y tan hiriente la desesperación de aquel grito que un enorme grupo de nubes grises de tristeza lo cubrieron y dejaron que truenos y relámapagos lo ayudasen en su huida. Pero no podía, era imposible, estaba atrapado en la impotencia y la desazón. Adherido a las paredes de una garganta que se negaba a dejar nacer semejante efluvio de infelicidad y amargura.

Las nubes comenzaron a disolverse y el viento que pretendía arrancarlo con su fuerza huracanada se convirtió en una neblina que se deslizó suavemente por las fosas nasales para llegar hasta él, envolverlo y congelarlo para siempre en aquel gélido invierno de aquella garganta prisionera de su propia voz.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Be alive! Zangolotino

Be alive!

Zangolotino be alive! Be alive en una pasquina en blanco y negro. ¿No ves que ahí afuera está lloviendo? ¿a qué esperas?

Wait ¿lo oyes? Es el sonido de… mmmmmm ¡exquisito!

Sigámoslo, sí, ese sonido con sabor a…

¡Un farol! Zangolotino ¡un farol! I’m sorry. Es su luz de las ocho de la tarde ¡qué luz! Mírala bien, mírala Zangolotino

¿Un cigarrillo? Sí, gracias, ¡no! No fumo, pero hoy es diferente Zangolotino, hoy tengo que mostrarte algo. Come on!

¡Qué hermosura! ¡Qué inocencia! Esos ojos tan abiertos, tan vivos. Be alive Zangolotino, BE ALIVE!

¿Lo ves? ¿Ya lo tienes? Parece que es lluvia sí… It’s rainning Zangolotino.

¿Un beso dices? No, thanks, no fumo. Come on! Zangolotino. COME ON! Ya casi estamos.

Un par de escalones más. Nos estará esperando ya. Es tarde ya Zangolotino. ¡Oh! Ahí está. ¡Míralo! Pero no se lo digas a nadie ok? ¿No es wonderful Zangolotino? ¿Lo ves bien? Ese farol redondo de luz blanca entre los tejados. Pero no se lo digas a nadie. It’s a secret, it’s our secret. ¡Qué belleza! Y es nuestro. Nadie lo mira jamás, nadie lo ha visto jamás. Me pregunto quién lo alumbrará cada noche ¿Te gusta Zangolotino? ¿Te gusta?

¿Un beso dices? No, gracias Zangolotino, no fumo.

-Cazamoscas-

¿El hombre es libre?... El hombre es relativo, y la libertad, tres cuartos. La belleza y la verdad según dicen, también. De la verdad, no hay discursión, es relativa. De la belleza no estoy tan seguro. Porque todos somos iguales a los ojos del de arriba por lo tanto o todos somos bellos o afeados. Los más bellos hay que decirlo, son los bebes, que no ven por lo enamorados que están de cuanto descubren y les rodea, hasta que enfocan, y al verse, como Narciso, dejan de enamorarse, empiezan a ver y se enamoran de sí mismos y ya no ven la belleza que les rodea. Tan solo se ven a si mismos y así, empiezan a afearse. Y por eso morimos.
Conclusión todo es relativo.
Se dice que una mosca tras haberse estrellado 378 veces contra la ventana del bar de la esquina y agotada por su ardua tarea decidió posarse en una mesa a descansar. Y se cuenta que la mosca quedose dormida y en su ensoñación soñó que era y se creó en su propio sueño a sí misma junto a todo lo que le rodeaba:
Marisa, la vecina pechugona del 5º de la C/ D. Eufrasio, el cupón premiado abandonado en la acera esperando a que algún afortunado se fije en él, el pañuelo con olor a canela de la anciana que pide limosna en la entrada de la panadería… En fin, todo.
Bueno, se dice que cuando una mosca se percata, piensa y sueña con su existencia y con cuanto le rodea, se crea en su ensoñación todo con su justa relatividad. Así, mientras la mosca sueña, sueña con su sueño y con su existencia y mientras yo escribo o usted lee, la mosca observa en su ensoñación como yo escribo y como usted lee.
Pero, llegó un momento en el que D. Alfonso sentose con el café y el periódico en la misma mesa que la mosca soñaba y que al verla le dio un nosequé y embrolló el periódico y dispúsose a golpearla para acabar con ella pero, no se percató de que la mosca observaba en su sueño como D. Alfonso dispúsose a acabar con ella y con todo.
Con el estudiante de medicina que esperaba al fontanero porque no funciona el agua caliente, con el olor a pan recién horneado… En fin, con todo.
Por ello, si D. Alfonso aplasta a la mosca todo el universo de su ensoñación desaparecerá junto con su propia existencia: Ya soñada, ya relativamente real.
Y como ya he explicado, cuando una mosca sueña con su existencia y con cuanto le rodea, se forma una entrada relativa entre todo, y así somos creación de un cerebro de mosca y de forma inversa al proceso de creación de nuestro universo, D. Alfonso puede acabar consigo mismo y con todo al aplastar a la mosca que sueña con su propia muerte con Marisa, D. Alfonso, el olor a pan recién horneado, el pañuelo con olor a canela, un servidor, el estudiante, la C/ D. Eufrasio, usted estimado lector… En fin, con todo. ¿Quién le a dado permiso al grosero D. Alfonso para acabar con todo el universo? Ahora mismo podríamos desaparecer de la ensoñación de una mosca y así esfumarnos como el humo del cigarrillo de ese futuro genocida.
Por eso, disfrute del pan recién horneado, juegue en los columpios en vez de estar preocupado por si el crío se hará daño o no. Hágase usted daño y que el crío se preocupe por usted. Regale una rosa a una chica con sonrisa de canela, miré todos los cupones tirados por la calle, no le dirija la palabra a D. Alfonso. ¡Menudo grosero¡
Baile consigo mismo al son de la sinfonía de un grupo de grillos borrachos de Anís mientras, un bebe en su bella ceguera disfruta de su danza antes de afearse pero, sobre todo, ¡Cace moscas!, por si acaso.

Nunca se sabe que pueden estar soñando.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Dicen

Dicen que hay caminos, no sé, eso dicen. Yo dede aquí sólo veo una ventana. Dicen que las ventanas son puertas, dicen que los ojos son como ventanas, pero nunca se han enamorado de un ciego, ni de su mirada. Ojos grises dicen. Ojos de anciano. Parece que perdieron el color por el paso del tiempo, se desgastaron. Pero son los mismos ojos que lloraron con Casablanca. Dicen que “siempre nos quedará París” eso dicen, pero hace años que un tal Humphrey Bogart murió. También dicen que el amor es eterno, no sé, quizás en Casablanca. Dicen “dos corazones pueden más que todas las razones”. Cómicos, eso dicen los cómicos, esos muertos de hambre al borde de los caminos. Y muertos están y bien enterrados porque dicen que ayer el Arte murió, sí, eso dicen, pero hoy nada dicen en los periódicos, nada.

Dicen que un día alguien escribió varias palabras sobre caminos, ojos grises y Casablanca, pero ese alguien murió, murió con el Arte, murió por el Arte y para el Arte o eso dicen al menos.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Cuatro historias

Dormir es morir un poco cada día. Porque lo que no vives mueres. Yo no muero, digo existo, digo duermo. Escribo.

Escribo una historia:
La de un hombre que espera a Fortuna debajo de una farola. Llueve. Si la luz pudiera ser derramada caería a cascadas sobre su nuca. Mira un instante al reloj. Ha llegado pronto. Saca un papel arrugado y confirma la dirección. Tercera farola a la izquierda de la Taberna del Sol. Un niño surge de una calle lateral, le mira y se sienta a su lado.

Escribo dos historias:
La de un hombre que mira al reloj bajo una farola y la de un niño de alma azul. No tiene ni un antes ni un después. Simplemente está ahí. Solo existe. Se sienta en el suelo mojado, con las piernas cruzadas. Ha dejado de llover.
-Hola-dice el niño.
-Hola- responde el hombre.
-¿Cómo te llamas?
-…
El hombre se apoya en la farola y suspira. Si él mismo lo supiera…
Sólo recordaba una cafetería, por la mañana. Su alma decidió deshacerse de su identidad al llegar a la página de los crucigramas del periódico:
8 horizontal: tres. 4 vertical: farola. 14 vertical: lluvia. 2 horizontal: sol.
Y, por encima de todo ello, un nombre escrito a pintalabios: Fortuna.
16 horizontal: medianoche.
Y allí estaba, bajo la farola señalada a la hora señalada.
-¿No te gusta hablar?- insistió el niño.
-No lo sé.
-Ah.
El niño asiente pensativo. Lógico. Para él, todo es comprensible.
-¿Qué haces aquí?- le pregunta al fin el hombre, casi con dulzura.
-No lo sé.
Bajo la farola, el niño le ha contagiado un poco de su alma azul. Todo es perfectamente comprensible bajo esa luz azul claro.
-Ah.
El hombre se sienta contra la farola y cruza las piernas. El suelo está mojado y la luz se precipita sobre los dos. Son las doce menos cinco.

Escribo tres historias:
La de un hombre con un crucigrama como mapa del mundo, la de un niño sin pasado ni futuro, solo presente, y la de una farola.
Una farola que tras sufrir viento, lluvia y sol durante veinte largos años, parpadea un instante y muere, discreta. Es medianoche.
Sobre el cadáver de la buena farola se apoya el hombre, con la cabeza del niño, dormida, sobre su hombro. El hombre mira al reloj. Es medianoche. Mira a su lado. El niño, dormido, resplandece. Suspira.
Coge al niño en brazos, lo abraza y echa a andar. Van dejando un rastro azul por la calle negra. Azul.

Escribo cuatro historias:
La de la farola muerta, el niño dormido, el hombre verdaderamente afortunado y la de una mujer. Una presencia. Una idea que, sentada en un portal, observa como los dos personajes se alejan a las doce y un minuto. Es Fortuna, y, con los labios pintados en carmín, llega a la página de los crucigramas del periódico que sostiene sobre las piernas. Saca un pintalabios y firma. Sonríe.

Por eso no duermo. Porque si durmiera no miraría por la ventana, no vería ni a Fortuna ni a la farola muerta. No hubiera visto lo que ha pasado hoy a medianoche.
Moriría un poco más. Porque no observar es no sentir. No sentir es no vivir. No vivir es morir. Y dormir es no vivir. Dormir es morir un poco cada día.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Un ramo de gardenias en Nantes

Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta decidió tomar el tren.
Pero Francia quedaba tan lejos en el tiempo y el espacio que, al llegar a la ventanilla 402 de la estación central, le flaquearon las piernas y la voluntad.
Estaba en Moscú, en una estación de colores sepia, con gente en blanco y negro llevando su vida en maletas de ruedas de un lado al otro.
Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta pidió un billete para el transiberiano con olor a invierno.
Se sentó en el vagón.
Francia quedaba tan lejos que la forma más fácil de llegar a ella de nuevo era huyendo en dirección contraria.
Ahora estaba en un tren que traqueteaba entre la nieve y contra el hielo, atravesando llanuras propiedad del lobo y postes telefónicos. Se arrebujó en su chaqueta. Se le había pegado el color de la estación de Moscú.
Durmió sin soñar, como suele pasar cuando las obsesiones se mueren de viejas en algún rincón de la mente. Despertó pensando en Nantes y en un ramo de gardenias. Cinco veces. Cinco veces el mismo ramo de gardenias y el mismo Nantes.
¿Quién las sostiene? Se esforzaba por buscarlo. Las flores, un lazo, las sostenía una mano blanca. Su memoria ya no era lo que fue ni fue lo que era. Seguro que era ella. Pero quien sabe, quizá si se esforzase consiguiese encontrar tras esa mano otra mujer, otro rostro, otra sonrisa, y no se sentiría tan miserable por solo poder recordarla.
Pero no había manera. Seguía siendo ella. Siempre fue ella. Tosió. La chaqueta ya había adoptado el color ceniciento del tren y le abrazó con más fuerza.
Con humo de cigarro en los bolsillos y una colilla apagada en la chaqueta bajó del tren en la última estación y se sentó. Esta tenía matices de rojo oriente. Decidió tomar el tren. Pero Francia quedaba tan lejos…

En la misma estación, con pétalos secos en el sombrero y marcas de espinas en los dedos, una mujer decidió tomar el tren.
Se había despertado todas las mañanas soñando con humo de cigarro enroscándose entre los dedos de aquel al que no quería recordar.
Pero Nantes quedaba tan lejos que la forma más fácil de llegar a ella de nuevo era huyendo otra vez en dirección contraria.

martes, 28 de octubre de 2008

Veinticinco minutos

Veinticinco minutos, ni uno más, para escribir. Para escribirte. Amor. Escribirte.
Suspiro. Veinticuatro, afuera, gris, llueve. La ventana se salpica de brea del asfalto que, bajo el fuego de Dalí, se derrite. De frío se derrite.
Veinte minutos. No he de gastar más tiempo. Lee, atento, todo lo que pueda, todo lo que quiero decirte. Escucha.
La encontré, encontré perdida entre las páginas de un libro la maldita formula escrita en tinta roja.
Se cayeron todos los libros de golpe, sus páginas sueltas volando por la ventana, por el temblor que trajo el paso del tren. Las letras, canicas en el suelo, me hacían resbalar. Ínfimas canicas negras de plomo soltaban polvo gris sobre el parqué mientras yo trataba de atrapar las páginas sueltas, pájaros de papel por mi ventana abierta a las vias del tren..
Y ahí estaba, escondida. Nunca lo hubiéramos dicho, ¿verdad? Tan lejos y tan cerca. Con acariciar los lomos hubiera bastado para sentirla. Incluso ahora que mis dedos se arrugan y encorvan, la siento cerca. No te voy a decir dónde. Nunca. No.
¡Diez! Oigo el suelo crujir bajo su peso. ¡Nueve! No me perdonará, se acerca, huele a todo y a nada. A todo lo que hubo y todo lo que habrá. No me perdonarás.
Porque lo conseguí. Le robé. Le robé al tiempo sus horas, días y años. Encontré la fórmula que escribiste, hace tanto y hace tan poco, medio en serio medio en broma, con mi tinta roja.
-Esto es lo que buscas. Si eres capaz de descifrarla, tendremos todo el tiempo del mundo.
-Todo.
-Todo.
Un beso y la hiciste desaparecer.
Pero la encontré. La encontré y me pudo la codicia. Paré el tiempo y saboreé segundo a segundo para mí sola. Sabía a manzanas ácidas, a verde intenso. Primero fueron días. Luego fueron semanas. Llegué a vivir años sabáticos de un lugar a otro, tocando las aguas quedas del mar Pacífico. Muriendo de amor por el cielo de Bagdad. Riendo sola rodeada de pájaros quietos a medio despegue. Quietud.
Pero el tiempo dormía. Y el tiempo roncaba. Rompía la quietud. El tiempo… apesta. Cinco minutos. Huelo sus cabellos de brea. El tiempo. Desperté al tiempo.
El tiempo clavó sus ojos inyectados en sangre sobre mi rostro y enloqueció.
Desperté. Faltaban veinticinco minutos para las cinco, la hora en la que había conseguido pararlo la primera vez, cuando una repentina sacudida había derramado las letras sobre el suelo.
Ahora faltan dos. Me regaló veinticinco minutos para escribirte. Para pedirte que me perdones, amor, porque robé el tiempo para mí. Ahora todo se escapa, siento su aliento frío sobre mi nuca y me arrugo cada vez más, estoy segura de que sonríe. No quiero mirar atrás. No quiero, abrázame.
Pero es demasiado tarde. Suena, a lo lejos, el tren. El suelo tiembla. Los libros caen. Sonido de bolas de plomo contra el parqué. Las ruedas de metal sobre las vias. La sangre cae sobre mis hombros y mancha el papel, es de color terroso, canela, bronce, oro viejo, sus dientes, de marfil negro. Explosión de papeles en blanco. Cierro los ojos. El tiempo, me desangra el tiempo, amor. Escribirte, amor, por decirte…

-Palabras cesantes-

Y escribía,
y escribía,
y mi mano se iba.
No paraba, no cesaba,
en una espiral indefinida
las palabras surgían.

Se escapaban,
se volatilizaban en negro,
sus huellas,
su sombras,
su perfume
en hoja quedaban impresas.

Impulso incontrolable,
tacto grasiento,
grafía impecable.

Rezos ahogados por el crepitar
de la pluma carbón mate.

Sombrero hundido en media frente
alumbrada por bombilla 60w
que la sala iluminaba.

Y escribía,
y murmuraban,
el pulso no regía
las palabras la hoja se comían,
y luego, el sendero de líneas seguían.

domingo, 26 de octubre de 2008

Espero

Esperar, esperar, esperanza de espera con un ticket de autobús entre los labios.

Minutos densos: ilusión de segundos de paciencia ligera.

Esperar con un ticket en la boca.

5,60€ , 0,60€ de esperanza ligera

Lento, lento, lentamente l,e,n,t,o.

No quiero perder mis céntimos.

Párpados casi derrumbados sobre ojos decaídos. Casi. Casi ha pasado otro minuto y el ticket de autobús se humedece por culpa de un aliento casi desesperado.

Inspiro. Me inspiro. Espiro. Espero.

lunes, 13 de octubre de 2008

The last killers

Luz, negro, PUM, muerto, PEENG, vivo ¡Viva el amor! El ritmo explota. ¡Existe! Explota, existe, se expande, se estrella contra las cuerdas de una guitarra.

Estruendo y libertad.

Los buffles provocan un movimiento inconsciente, incontrolado, dentro, muy dentro. No se puede oir, no se oye, la fuerza de la locura obstaculiza el sonido chispenate. Ojos extasiados, éxtasis, ¡existe! Éxtasis en cigarros y locura en un teclado.

Pasión, pasión, intensa pasión, ¡bendita pasión!

PUM, PUM, PUM de fondo, discreto y esencial: básico. Es el ritmo de la música de fondo, la base de todo, no se oye: se siente. Pompeo incesante, inspiración acompasda PUM, PUM, PUM y acelera. Más deprisa. La guitarra se descontrola, una armónica se traga el teclado y PUM, PUM, PUM, PUM más rápido, más fuerte,más negro, más…

Silencio. Poderoso silencio se incrusta en las paredes. Parálisis, conmoción, nebulosa. PUM… PUM…. PUM…

¿Alguien gritó viva el amor?

The last killers

Luz. Negro. Pum. Muerto. Peeng. Vivo. ¡Viva el amor!
Un grito. Otra vez ese ser me posee, vuela entre mis hombros y me grita. ¡Oh por Dios! El amor. Que viva, pero viva lejos el amor. Ahora solo quiero hacerle caso y ¡luz! Negro. ¡Pum! Muerto, jajaja. Peeng. Vivo. Vivo para vivir, vivo para saltar, vivo para reír. A cada momento. ¿Y que viva el amor? Que viva, por Dios. Que viva, pero adiós.
Salta, ríe, grita, la multitud se mueve, los ojos inyectados en música, los pies saltando entre corcheas machacadas. Porque cada fogonazo de luz nos ciega, cada momento en negro nos derrumba, cada golpe de batería es una bala a nuestro cerebro colectivo. Todos uno. La guitarra se adueña del aire y nos manda una dosis de vida en vena. Peeng. Los ojos inyectados en música.
…Just one kiss before I die…Wow!!
Woooow! Before I die.
Pum. Peeng.
Before I die. Pum. Muerto.
!Viva el amor!

Boligrafoa eskuan

Eskuaren ostean, boligrafoa, boligrafoaren ostean zer? Boligrafoeran aurrean orri zuria, baina orri zuriaren atzean zer?

Beldurra

Misterioa

Ezer ez, zer edo zer, gutxi baina…

Garun eroa paperatzeko prozesuan

“Xabi betiko txoko ilunean eseri zen, flexo ilun baten ondoan, argirik gabeko flexoa, bere begi ilunen antzerakoa, argirik gabekoa, melankoliaren hiru fokuren batzar nostalgikoa”

Boligrafoaren puntatik ateratzen hitz pare bat, laukote bat, hogei bat hitz haien artean josiak, kaos ordenatuan.

“ Hantxe zegoen bere nostalgiaren erruduna. Bere aurrean, hitzik bota gabe, harro-harro hari begira, imintziorik egin gabe. Neutral, beti bezala. Nola eman lehenengo pausua?Zer egin? Zer esan?Zer baina?”

Erraza da etsipenarekin aliatzea. Erraza baino, erakargarria nonbait. Horregatik gainditu behar da muga; zoramena eta errealitatea nahastea ekiditen duten harresi erraldoiak hautsi behar dira.

“Keinu batekin hasiko zen. Askotan hitzak komunikaziorako oztopoa baino ez dira. Eskua hurreratu eta kontu handiz fereka pare bat egin zizkion. Horren ostean bere ahotik ihes egiten zuen azken hasperena balitz bezala oratu zuen. Xuabe.”

Eta bat-batean lurrikara sentimentala. Hitz jario etengabea, irrazionala ia, eroa. Kontrolik gabeko perpausen segida. Zentzurik gabeko hitz talde erraldoiak. Puntuak eta komak solasaldiaren moderatzaile. Ideiak irudimenaren eta emozioen tintaz paperean gauzatuak.

“ Xabi idazten hasi zen: Boligrafoa hartzean kalanbreak sentitzen zituen gizon baten istorioa kontatuko dizuet.”

martes, 7 de octubre de 2008

-El viejo farero-


Cigüeñas de mar avitualladas con plumas de poliéster escarban el aire sobre la mar acuosamente pasada mientras esta se funde con un cielo verdosamente estrellado.

El farero, al borde del muelle donde zarpó el último barco que se hundió en las nubes de la montaña, avanza con los viejos pies descalzos a través del embarcadero como el hombre que atraviesa el tablón de un barco pirata.
Se detiene al borde de la última tabla con los rechonchos dedos de los pies suspendidos en el aire.
Una leve brisa corretea por encima de las olas y hace que su desgastado pantalón de pesca baile chocando contra sus cansadas rodillas.
Su pipa ilumina su figura desde lo lejos y su portentosa barriga se esconde tras su manchada camiseta interior por el frío de una noche de verano.
Su rostro muestra paciencia y su gruesa y arremolinada barba blanca enseña experiencia.
Allí, al borde del último tablón completamente inmóvil como le enseño su padre, nuestro guardián de los mares saborea el tabaco de su pipa lentamente bajo la oscuridad que le proporciona la recién salida luna llena.
Él, la mira durante un tendido rato sonriente como si estuviese hablando con una vieja amiga de fatigas.
Tras un breve silencio en su conversación sin palabras, nuestro viejo farero se quita la visera a modo de despedida.
Tras ello, vuelca la pipa y las cenizas del tabaco caen pesadamente sobre la mar dejando nítidas manchas que se esfuman lentamente bajo el sensual movimiento de las olas. Algunos pececillos se acercan y empiezan a picotear con sus carnosos labios sobre la superficie con la impresión de que la ceniza es comida
El farero, da media vuelta con la cabeza gacha y comienza la subida a su puesto en la fortaleza que hay en lo alto del desfiladero.
Mientras sube la empinada cuesta ruega al cielo para que la siguiente noche pueda volver a su encuentro con su vieja amiga como los últimos 50 años.
Saca de su bolsillo derecho una pesada llave que introduce en el picaporte de la puerta.
Sube los 118 escalones incluyendo el que tiene media losa de piedra rota, y entra en el corazón del faro, en el suyo propio. Se acerca al contador de la luz y baja la palanca para que todo empiece como cada noche desde hace más de 30 años.
La torre entera vuelve a la vida quejumbrosamente y la luz se enciende iluminando parte de la costa.
El viejo farero se acerca a su mesita y allí coge una lata de atunes en vinagre y se sienta en su silla de madera mientras ésta hace un ruido cansado. Él, sonríe ante la idea de que cualquier día las patas se romperán y él se caerá de culo contra el frío suelo de piedra.

Se reclina y saca un pequeño y grasiento atún de la lata. Se lo acerca lentamente con su irregular pulso y poco antes de metérselo entero a la boca, unas gotas de vinagre le salpican la barba. Lo mastica trabajosamente y se lo traga. El vinagre es muy fuerte y le entra la tos. El ataque tan solo dura unos segundos. Se agacha y deja la lata en el suelo.

Se apoya en el respaldo de la silla y se echa hacía atrás apoyando tan solo las patas traseras. Su arrugada mano llena de viejas cicatrices y callos y se pasa por la barba, rascando a esta. Se queda así durante unos largos dos segundos. De repente como recordando algo, salta de la silla y se acerca ágilmente a la mesita. Allí, abre un cajón y saca una cajita de metal con tabaco dentro y un viejo libro de tapa negra que se lo sabrá ya de memoria de las veces que lo ha leído. Este libro es su preferido después de El viejo y el mar.

Coge un puñado de tabaco y lo mete cuidadosamente en su gastada pipa.

Vuelve a la silla con la pipa en la boca y el libro bajo el hombro. Cuando se siente se revuelve un poco, intentando acomodar sus posaderas, enciende su pipa y abre el libro que tantas veces leído desde tantos años atrás. El libro empieza recitando una frase que le resulta un tanto difícil de entender pero, que siempre le ha gustado:

“Cigüeñas de mar avitualladas con plumas de poliéster escarban el aire sobre la mar acuosamente pasada mientras esta se funde con un cielo verdosamente estrellado…

sábado, 4 de octubre de 2008

Ideas

La lluvia cae como un jarro de agua fría

¡Despierta!

Me empapa el pensamiento,

las ideas se ahogan


¡Huye!

¡No!

¡Nada!

Agua


Una gota, dos gotas, tres gotas, un río

¡Cógelas!

Se escapan las ideas,

palabras al mar


¡Nada!

¡Todo!


Sol y calor,

ideas evaporizadas

Letras sueltas y el cielo, por fin en casa

Una nube repleta. Llueve. Un jarro de agua fría.

El perro salió de un dibujo a carboncillo

El perro salió de un dibujo a carboncillo. ¡Pobre chucho! Creado a trazos de noche sin Luna. ¡Pobre animal con alma de humo de cigarro! Nació entre la segunda y la tercera calada, en un rincón de un bar, en un papel en blanco de una noche sin Luna que abandonó en un suspiro de inspiración perdida. Un manchón en la Luna. Se escapó para buscar su mirada en la noche, con las orejas gachas, bajo una mesa, en un rincón de un bar, tras un cristal abierto a la noche oscura, negra, sin Luna. Dos caladas de alma entre sus trazos de amarga negrura. Dos como dos Lunas, sus ojos, en la noche sin mirada.Sus ojos perdidos en la noche. El cigarro se cosumía, quedaba una, sólo una calada para encontrar la mirada de una mancha a carboncillo. Su alma posaba sobre el cenicero ¡pobre chucho! Le quedaba una calada. Tras la ventana un borrón de nube negra se difuminaba, era la última calada, era la Luna, eran sus ojos, su mirada, su vida. Un cigarro murió en el cenicero y su humo dibujó un chucho con pelaje de noche oscura, ojos de Luna, orejas gachas y mirada con alma de humo de cigarro.

viernes, 3 de octubre de 2008

El perro salió de un dibujo a carboncillo


El perro salió de un dibujo a carboncillo. Puede que nosotros también. No somos sino una foto en blanco y negro, creación inanimada tomando café en un bar.
Pero el perro es de carboncillo, negro como el carbón.
Era de la época en la que él aun dibujaba a color. Los matices de los rayos de sol, los tomates recién cortados, las manzanas verdes, el azul del mar… todo eran explosiones de vida sobre la cartulina. Saltos, fiestas, primaveras, amores de verano y prados de hierba.
Pero el perro era de carboncillo, negro como el carbón.
Porque algo ocurrió en su mundo. Un cambio. Quizá un desamor.
De ahí nació Aiduru, de la unión de una noche negra sumergido en pensamientos negros y la pureza, el comienzo, de la blancura absoluta. Aiduru, negro y fiel perro labrador es tan negro como las cenizas de los dibujos a color.
Pero el perro era de carboncillo, negro como el carbón.
El blanco y el negro, folios, humo de cigarro y pasión.
Sus dibujos oscuros, profundos como aquellos primeros ojos de perro llenaban las paredes de una pequeña habitación. Hasta que, una noche de perros, la lluvia sobre el cristal y el dueño lejos, muy lejos del papel, Aiduru olisqueó uno de esos nuevos dibujos. Olía a su nacimiento, a humo de cigarro, a folios y a pasión. Intentó tocarlo. Al primer intento manchó la pared blanca de hollín con una de sus patas de terciopelo negro. Al segundo, metió el hocico en el mundo a claroscuro del papel. Y una pata. Y la otra.
Cuando el pintor entró en la habitación la cola negra de carboncillo soltaba hollín sobre la cama mientras terminaba de meterse en el dibujo.
Corrió. Corrió detrás de él para cogerlo y cayó, irremediablemente, a este otro mundo.
En un bar. Un bar en blanco y negro en el que no para de dibujar. Se sienta en una mesa y entierra sus ojos tras greñas imposibles mientras sujeta fuerte a Aiduru bajo la mesa. No se volverá a escapar. Los ojos negros del perro de carbón recorren los pliegues negros de mi chaqueta de cuero. Se relame. Bosteza y se sacude llenando el dibujo de su amo de motitas de hollín. Me miro la mano. Es blanca con manchas a carboncillo.
Como el perro que era de carboncillo, negro como el carbón. Negro de hollín.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Esa boca...

No puedo hacerlo. Tiene una boca enorme. No se ve nada ahí dentro. No puedo ver nada más allá de lo que su gigantesca boca me permite después de engullir parte de mí. Me da pánico siquiera acercar mi mano porque cada vez que lo hago me entrego casi totalmente a él. Siempre espera, quieto, impasible, con una serenidad que asusta en esa esquina entre dos calles que se cruzan. Es una locura aproximarse, casi un suicidio entre tanto coche, tráfico, ruido, caos, humo… y el semáforo, siempre ahí, tentador por ese rojo intenso que me invita a no cruzar la frontera entre seguir como estoy o regalarle otro pedacito de mí. Otra porción de mi tarta a veces amarga, otras dulce, las menos claro. Pero me entrego, me dejo seducir por su boca… su enorme boca de labios firmes, seguros de sí mismos, decididos… Decididos a saborear otra vez mi gusto a papel pintado con letras de una vida relatada envuelta por una manta protectora y con rumbo fijo. Siempre yo, con una dirección grabada en mi pecho, otra en mi espalda, simplemente yo, que me entrego a mi brújula de boca gigante. Pero es que es enorme, esa boca… tan profunda, tan honda… La puerta a la incertidumbre ¿y si no me acercase a ella? ¿y si permaneciera eternamente en mi manto de doble dirección? Siempre a medio camino entre aquí y allá…además, el semáforo está en rojo, hay mucho humo, mucho ruido y dos direcciones: una me lleva de cabeza a su boca y la otra me libra de regalarle un pedazo mi alma ¡mi alma es mía! El semáforo está en rojo y una alternativa me espera en esta misma acera. No puedo entregarme gratuitamente, prefiero que busque en otra dirección, la dirección al dorso, la que está al otro lado del semáforo en rojo, esperaré aquí mismo, no quiero que nadie saboree uno de mis bocados más dulces y menos esa boca giagante, esa boca de hierro, da miedo, me atemoriza…

En mi pecho: Paul Gordon Al dorso: R/ Al otro lado del semáforo

Wellington street 8

94563

London

sábado, 20 de septiembre de 2008

SsSs: Sounds and silence; silence and sounds

-¿Y bien?

- Quiero un café, el resto me da igual

-Bien

Silencio incómodo, como si el silencio pudiese acomodarse en un sofá de tercipelo granate. Silencio al fin y al cabo. Silencio y un perro estúpido, porque tampoco dice nada, es que es de peluche, no tiene nada que decir el pobre. Ahora es Álvaro quien habla y el Silencio se sienta en una silla de mimbre.

- ¿Algo más?

- Sí

- Te escucho

- Quiero palabras

Otra vez se ha levantado y se da una vuelta por la estancia. El Silencio, como de costumbre, se mueve con sigilo, claro, procura no molestar a nadie, pero siempre roza a alguien, esta vez ha sido a Álvaro, levemente pero lo suficiente. Se sienta ahora en el borde de la mesa, con actitud arrogante, todo bajo control. Álvaro mira fijamente a Laura.

- Palabras, siempre palabras. Estoy cansado.

- Lo sé

El Silencio se levanta repentinamente, el borde de la mesa es anguloso, es incómodo, mucho. Se interpone entre ambos, ahora es una muralla invisible. Pasan segundos, larguísimos y pesados, plomizos fragmentos de tiempo. El aire se ha vuelto tremendamente denso y el estómago se traga palabras indigeribles.

Otra vez con sigilo, deshace la muralla entre los dos y se aparta para coger una grata postura junto a Laura que comienza a hablar.

-Seré yo quien ponga en libertad las palabras que tanto cuesta pronunciar. Te quiero.

Y el silencio se deja caer en el sofá. Laura sobre él, Álvaro sobre Laura. Ya hay comodidad, silenciosa comodidad, satisfactorio cruce de palabras que se cruzan a continuación con besos y caricias y al margen, pero presente y al fin acomodado el sonido del silencio, los sonidos del silencio, “The sounds of Silence” en un tocadiscos.

jueves, 18 de septiembre de 2008

"n"

"Si a este número le llamamos “n”…nx4/7n-10= … oh por favor no me mires así. ¡Por favor, que me deje de mirar así! Nació cuaderno, ¿qué le voy a hacer yo? Nació criatura en blanco, cúmulo de historias por contar, la pureza del Big-bang …¿Y qué si he de usarlo para hacer matemáticas? Para llenarlo de números y operaciones sin sentido, sin motivo. Garabatos sin vida ni alma. No me mires así por favor, yo no elegí tu destino, no me mires así.
El número “n” venga, no es para tanto, “n” de nadie, “n” de nada. Nada, mira, cuaderno mío, lo contrario de todo. Como aquella niña de Nueva Delhi que apuntaba todo lo que veía en una libreta azul. Azul como el cielo que cubría los campos de trigo. Como el de la harina en la que se baña la luna todas las mañanas para estar blanca por la noche. La noche es tan oscura como los ojos del lobo. Y el lobo sonríe. Y la niña de Nueva Delhi lo apunta en su libreta azul.
Es cierto, sí, calla, los cuadernos están hechos para historias y versos. Para amor y poesía. Para llenarlos de historias. Para llenarlos desde el principio al final de desvaríos dementes, de esos de lo que se compone todo lo que es apuntado en una libreta azul. Para darles una vida, no una sucesión de números al azar. No para un cálculo que no servirá para alegrar a nadie ni para hacerle llorar de emoción. Unos números que no dicen nada. Ni aunque se llamen “n” porque son “n” de nada."
Pues nada.
Dejé de estudiar matemáticas.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

In Trastévere

Es el pintor de la piazza Navona. Ese chico anónimo, ese maestro del lápiz, aprendiz de la vida por viajes de mochila y café. En su mano tiene un don y en su mirada… en su mirada un bloc en blanco y un sueño: el dibujo perfecto, el rincón idílico de esquinas imposibles con hiedras cayendo por descascarilladas fachadas anaranjadas.

Sentado al pie de una fuente con estatuas barrocas que admiran su obra, él conduce su atenta mirada a esa callejuela encantadora y ve algo más. Son las notas que escapan de la melodía de un acordeón blanca, blanca y en la prejubilación, amarillenta. Tras ella, una mujer cincuentona vestida de negro le sonríe y le invita a gozar de una música encantada. Encantada porque es esa música, ese sonido avejentado y melodioso con sabor a poema el que le invita a dibujarla, su musa, la callejuela imposible. Poco a poco se adentra en ella. A la izquierda, una vespa verde oliva se deja caer sin mucha gracia sobre una farola que un día iluminó la Pizzería del maestro Don Giovanni. Al otro lado, una niña que mira pasmada a la acordeonista, deja que medio gelato de chocolate puro se deslice sobre sus inocentes manos de algodón y sin retirar la mirada del instrumento hipnotizador lame con pasión su preciado postre. Pero el joven pintor busca algo más y persigue por la callejuela ese poema con sabor a capuccino. Teclas, botones, café, leche y chocolate; un gelato y una melodía, una mujer encantadora de niñas, artistas y rincones.

Persigue las notas que trepan por la hiedra de la fachada desgastada. Está llegando, ya casi lo tiene. En el bloc en blanco ya hay ventanas de madera semi abiertas con rejillas por donde la música se cuela y vuelve a salir. La dulce canción parece alcanzar un punto álgido. La mano del pintor corre desesperada por huecos en blanco, por un amasijo de hojas de enredaderas y de ahí sigué adelante, avanti, siempre avanti en una callejuela del Trastévere. Está cerca del final de la calle, perdido entre rincones de generosa inspiración, pero no absoluta, porque eso aún está por llegar. Y llega, casi al final de la melodía, con el fuelle del acordeón apunto de alcanzar su máxima abertura, allí está. De nuevo ella. Entre sábanas de blanco impoluto reluciendo bajo el Sol de la ciudad eterna. Una mujer que envuelve sus cabellos en paneles de tela blancos, eternos, que cuelgan de un lado al otro de la laberíntica callejuela. Bella ragazza con enormes gafas de Sol cubriéndole gran parte del rostro y una mirada imposible de captar en la blancura de sus ropajes. Una mano, desesperada, armada de un lápiz mordisqueado y sin embargo al borde de la rendición, intenta atraparla en la exasperante blancura de un papel garabateado.

De pronto, la música cesa, las notas se escabullen entre las rejas de las alcantarillas y con una suave ventisca el misterio de unos ojos inexistentes, envuelto en su traje impecable desaparece. Su mirada, oculta bajo sus gafas, es absorbida por un haz de luz y el color sin color de unas sábanas del Trastévere. El color sin color de un papel que, en blanco, deja de ser garabateado en busca del rincón de la perfección, a la espera de nuevo de la inspiración que le dan las notas de una acordeonista encantadora de artistas y niñas que comen gelatos de chocolate.


martes, 16 de septiembre de 2008

-Domingo por la mañana-


Domingo por la mañana en la parada del bus. Todas las señoras impacientes, emperifolladas y embutidas en coloridos sombreros aguardan para sorprender en la misa del padre Jonson.

Se suben al bus aparatosa y ruidosamente y recorren la cabina antes de coger asiento desfilando como en una pasarela. Entonces entra ella. Desapercibida y bajita. Da los buenos días al conductor introduce la mano en su desgastado bolso y rebusca el importe exacto en moneditas para pagarle y se siente enfrente mío. Es tan bajita que no alcanza el suelo y sus pies cuelgan de sus sandalias. Me mira y me lanza una sonrisa de cómplice. Pelo revuelto y grisáceo arremolinado en un moño con una orquilla desgastada de color amarillo. Deja el bastón sobre su falda blanca. No lo necesita. Está llena de vida y se le nota pero, aún así lo lleva como complemento imprescindible para alguien de su edad y para que en el caso de que todos los asientos estén ocupados le dejen uno.

Siguen subiendo feligresas cada cual más llamativa y rocambolesca que la anterior. Ella lo observa con gracia jugueteando con las cejas Las repasa a cada una de ellas con la mirada y esos ojos negros con centro blanco. Esos ojos traviesos llenos de vida.
Sonríe y se le marcan las múltiples arrugas y pecas de la cara. Los dientes blancos como teclas de piano.

Cuando todas las señoras han cogido asiento y empiezan a parlotear y a gritar para poder escuchar su voz sobre sus propios gritos, la anciana me vuelve a mirar divertida ante todo aquello.

Mete la mano en el bolsillo de su blusa azul oscuro descosida y llena de bolitas y saca dos caramelos de color beige. Se come uno y me lanza el otro a mí. Se lo agradezco con una tímida sonrisa.

Su lengua empieza a darle vueltas al caramelo ruidosamente. Sus ojos como extasiados lo observan todo y sus pies se balancean alegremente en la nada. A ambos lados tiene dos señoras hablando entre sí. Ella inclina la cabeza sobre su hombro mirando embobada la llamativa pamela roja de una de ellas. Vuelve a mirarme con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

La siguiente parada bajan todas las señoras velozmente para coger el mejor sitio.
En cuestión de segundos el autobús se queda casi vacío exceptuando al conductor, a la anciana y a mí.

La iglesia donde van todas, es alta, inmensa, con enormes vidrieras y tan ostentosa que casi hace daño mirarla.

La anciana arquea las cejas irónica ante aquella Torre de Babel. El conductor dice por los altavoces el nombre de la siguiente parada y cierra las puertas. La anciana sigue mirándome divertida, con su sonrisa de blancos dientes que parece que brillan en su cara de color llena de pecas, su zarrapastroso moño y su animada mirada.

El autobús se para frente a una pequeña capilla de escasos 90 metros cuadrados. Muy simple: Cuatro paredes con tejado y una cruz blanca en lo alto. Parecidas a las capillas de carretera de L.A. pero con honestidad. En la entrada un gran cartel negro con letras color bronce y usadas en la que se lee: Saint María church.

La anciana levanta las cejas dirigiéndolas hacía la capilla. Salta de su asiento enérgicamente y sus sandalias casi no hacen ruido al tocar el suelo. Se agarra del bastón y empieza a dirigirse lentamente ayudada por el bastón hacia la salida. Baja el primer escalón y se me queda mirando. Me sonríe de nuevo y se dirige costosamente a la capilla apoyándose en el bastón.

Yo bajo la cabeza inclinándola hacia mis rodillas y agito la cabeza con sonrisa de cómplice.

De los altavoces suena mezclado con el sonido estático el nombre de la siguiente parada. Las puertas se cierran y empezamos a movernos. La anciana me mira a la entrada de la iglesia apoyada sobre su bastón, sonriendo. Cada vez se va haciendo más pequeña hasta que se acaba la calle y giramos en la esquina y su sonrisa desaparece en la capilla de Santa María.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Pétalos de rosa


“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ida había desaparecido. Esfumado. Ido. Evaporado. Escapado. Ida, como siempre. Ida, para siempre. Sobre mi mesa, una nota:
“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ida, ida. Maldito juego de palabras.
Sus ojos de hada, sus alas de gaviota en el corazón.
Se apareció ante mí, divina aparición, una noche de verano frenética. En el anochecer de mi vida, el mediodía de la suya, me dijo que creía no existir. Que no estaba segura. “¿Acaso fui?¿Acaso seré? Si existo, he de ser, pero ¿Qué soy?” “Eres una rosa” le decía yo.
Todos los días, todas las tardes, todas las noches, todos los mediodías “Eres una rosa, mi amor” Sonreía con sus ojos verdes de hada. ¡Qué hermosa era mi rosa!
“¿Y cuando marchitan las rosas?” preguntó un día, en su completa inocencia. Porque mi Ida era muy inocente, mi Ida era muy pura. “Nunca, quítate eso de la cabeza, vida, nunca”
“Oh” reflexionó un instante “Pero las rosas son efímeras” “¿Quién te ha dicho eso? Miente. Las rosas siempre viven para los que las amamos” Pero no conseguía convencerla. “Las rosas son efímeras” repetía. Y se encerraba entre sus pétalos de rojo terciopelo, escondía sus ojos verdes y callaba.
Un día dijo: “Si cortas una rosa, no durará más de una semana fresca. Si cortas una rosa está condenada a morir” “¿Ajá?” Yo escribía poemas, absorto en una vieja Olivetti azul. “Si cortas una rosa, no durará más de una semana fresca. Si cortas una rosa está condenada a morir” Decidí parar. “Tranquila, amor, a ti nadie te cortará” “¿No lo entiendes? Yo ya estoy cortada. ¿Acaso tengo raíces?¿Acaso tengo savia?” Me miró a los ojos. “Qué crueldad, haberme creado rosa y haberme condenado a morir. “
“¿Qué menos que embalsamar los pétalos de la rosa muerta?”
Ay mi Ida, ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho? ¿Exististe de verdad? Ay mi Ida ¿dónde estás?
La olvidé. No fue sino una ilusión. Un último regalo de mi mente agonizante. La vida se me escapa y no me salen las palabras. Hay que ver que fantasías, una mujer que se creía rosa. Ida. Hay que ver, Ida.
Ahora, ojeo los últimos tomos de lo que queda de una enciclopedia...G…H…I..Id…Ida. De la enciclopedia salen volando pétalos de rosa, explotan pétalos de rosa roja aterciopelada. Cientos, miles, pétalos rojos puestos a secar.
Y huelen a rosa roja. Huelen a Ida. Huelen a lo que fue la vida.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Lluvia

Lluvia. ¿No la sientes? Lluvia…lluvia...llu...

La elle, suave,
como una gota,
cae
llu,
sobre un charco,
llu,
sobre los ojos de cristal,
ojos azules como el cristal.
Llu.
Cristal en las ventanas,
En esas ventanas mojadas,
mojadas de lluvia que cae,
cae, explota, salta y grita,
efusiva, hilarante, emotiva,
llorosa, triunfante.
Llu.
Suave.
Llu.
Cae
Suave

Lluvia. Cierra los ojos. ¿No la sientes?

martes, 9 de septiembre de 2008

Faroles/as

¿Dónde quedó el farolero que iluminaba las farolas de Barcelona? Esas farolas modernistas y sus faroles, claro. Sus enrevesadas columnas de hierro forjado con formas imposibles, pero pictóricas. Quiero tomar un café con ese farolero y conocerlo. Nick ya lo ha hecho. Él y su mochila se han sentado en un café del barrio gótico de Barcelona y su sombrero, con él, inclinado hacia atrás sobre su pelo rubio, rizado y desenmarañado, enrevesado como las farolas. Está hipnotizado mirando la farola, no no, es una farol, con ese traje indescifrable que lo sostiene a la pared, indescifrable, pero elegante. Le saco una foto al farol, porque Nick me ha llevado hasta él y de ahí a las farolas, las que invitan a pasear por la ciudad condal. ¡Eso si que es iluminación! ¿No era París la ciudad de las luces? Nick piensa en la Ilustración, y en el modernismo. A él le gustaría tomar un café con Gaudí, pero le pilla lejos, en el tiempo claro, porque ahora mismo está muy cerca de él, a escasos veinte minutos de la casa Batlló. Mira el farol y escribe en su cuaderno que le gustaría tomar un café con el farolero de principios de siglo, el que está lejos en el tiempo,pero cerca,es él quien ilumina las farolas de su historia en la que él toma un café con Gaudí. Yo, comparto el mismo sentimiento y lo anoto en mi libreta, mañana a las 5 de la tarde café con Gaudí en la plaza Trepi. Nick me ha visto sacar la foto y anotar luego en mi libreta. Las farolas no son de Gaudí, anota: mañana a las cinco cita con la fotógrafa en la plaza Trepi.

El chico del sombrero dio un sorbo al café. Volvió a mirar la farola, no no, el farol, y se echó aún más atrás el sombrero. Luego anotó algo en su libreta y corrió a la plaza Trepi dejando su mochila en el café.

Ella, plasmó en una fotografía todo el sentimiento que puede llegar a transmitir el hierro de una farola, no no, el de un farol. Yo desde mi ventana, la vi, vi como se confundía con su luz y de pronto desaparecía. Corrí.

De pronto me encuentro en la plaza Trepi bajo la luz de una farola, no no, de un farol. Giro y detrás de mí hay un hombre, con sombrero a lo Frank Sinatra. Me comenta que ha quedado para tomar un café con Gaudí, se pregunta si me apetece acompañarles. Me gusta el café y me gusta Gaudí. Me encantan las farolas de Barcelona.